Les confesaré que amé a una piedra. Si... a una piedra.
Ni siquiera era una piedra especial, cuyo interior fuera espectacular, asi como las geodas de amatista y cuarzo. Ni tenia el brillo y transparencia del diamante, ni el color atrayente de la turmalina, de la esmeralda o del rubí.
Nada de eso. Era una piedra común d considerable tamaño. Ni siquiera pulida y redonda como esas que los ríos pulen al paso del tiempo. Al contrario, era áspera y plana, y llena de imperfecciones y huecos donde cualquier cosa se podría albergar.
Pero yo la amaba. Así de común y de fría. Pues pensaba que las piedras también merecen ser amadas.
A veces, cuando el sol calentaba su superficie, yo me imaginaba que tenia vida y la abrazaba con fuerzas, pero cuando la noche caía y se ponía fría, me permitía observar lo que de verdad era: una simple piedra.
Por muchos años la expuse al fuego tibio de mi amor. Y entre más calor le daba ésta mas se calentaba, y entre más apagaba mi hoguera ésta se tornaba fria de nuevo.
A veces yo la cargaba. La llevaba a donde quiera conmigo. ¡Cuanto pesaba!... pero como la amaba me parecía cruel dejarla por ahí abandonada.
Habiendo flores y plantas, y pájaros y perros y gatos y niños y personas de todo tipo.... yo me dispuse a amar una piedra. Qué estupidez la mía!!!....pero¿saben que?.... ahora sé que si tuve la capacidad de amar a una piedra, soy capaz de amar a un ser humano, con todo lo que soy y lo que seré!!!

No hay comentarios:
Publicar un comentario