Hubo una vez... no hace mucho tiempo que me enamore de la luna. Esperaba con ansia sin igual a que llegara la noche para que ella apareciera radiante en el horizonte... la luna, a veces era caprichosa. Unas veces parecia sonreirme, otras más parecia ausente y solo una vez cada cierto tiempo parecia plena.... tan plena que iluminaba todo a su paso, haciendo gala de una luz azulosa que le daba magia a los senderos, que parecia hechizar los lagos a tal suerte que la reflejaban... que volvia mágicos los montes y los valles. Entonces, cuando eso sucedia salian de sus cuevas los lobos y coyotes y aullaban en su honor.
Disfrutaba viendola cambiar... disfrutaba observandola reir... a la distancia, siempre a la distancia, por que muy bien se yo que la luna está en un punto donde nunca la podré alcanzar!.
Pero ella, siempre vanidosa, desdeñaba mis ojos que brillaban por ella. Ella siempre ensimismada nunca se dio cuenta de que la luz azulosa daba magia a los senderos. Ella... ella siempre altiva nunca se percató que hechizaba los lagos quienes se ponian quietos para reflejarla... ella era ella. Ella era solo para si.... aunque fuera mentira por que ella es de todos!!!
Asi que... sucedio que un dia, mientras miraba triste su deslumbrante brillo en la espera de que posara un rayo suyo en mi faz para que supiera yo que sabia que la amaba, una nube pequeña, oscura y vieja caminante la cubrio a su paso. Y su brillo se opacó.
Y la nube, entendida de nuestra presencia enamorada, a veces, cuando observamos tristemente hacia el cielo, nos deja pasar por entre su cuerpo espeso unos rayitos plateados encantadores.... nos ilumina la cara con ellos, y los dirige en todas direcciones a su antojo.
Ella... la luna.... la dulce y brillante luna vanidosa.... aun no se percata, que para el mundo, una vieja nube controló su brillo.